Confesión de una diosa que amó a un mortal
- Antonella Isabel Torcasio

- 26 may 2025
- 1 Min. de lectura

A ti, que no fuiste dios, pero me hiciste temblar como si lo fueras.
Te encontré sin buscarte, y sin embargo, algo en tu mirada parecía haberme estado invocando desde siglos atrás. Tenías manos de invierno, voz de eclipse, y una tristeza tan humana que me dolía en lugares donde ya no creía que podía sentir.
Te amé. No como aman los hombres. Te amé como aman las divinidades condenadas: con todo, sin medida, sin piedad.
Me arranqué la corona, dejé el templo en ruinas y bajé a la tierra solo para rozarte.
No querías plegarias. Querías besos. No me ofreciste incienso, pero sí tus silencios, y eso bastó. Me hiciste reír. Me hiciste olvidar que yo era eterna y tú solo eras instante.
Los dioses me advirtieron: "los mortales aman rápido, se van pronto, y siempre dejan cicatrices".
No les creí. Hasta que dejaste de tocarme como si fuera sagrada.
Y sí, te fuiste. Como todos los que no pueden sostener el fuego que piden. Pero a veces aún te siento, en las noches en que los astros tiemblan y el aire huele a ti.
Y me pregunto si me recuerdas, si cuando besas otras bocas, alguna parte de tu alma aún me nombra.
Yo sigo aquí. Musa. Diosa. Reina.
Esperando que alguien, una vez más, me bese como si no supiera que soy inmortal.








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